Sangre de Buey, rey de Itacaré

24 Octubre 2009 por Posada Mandala
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Sangre de Buey visitando la Posada Mandala en un desayuno

Sangre de Buey, quieres saber quien soy? Tu allá, yo acá, los dos sin parpadear. Hablemos la verdad. Solo uno de los dos, sufre la gravedad. A uno solo le arde, la libertad. Es victorioso tu canto sobre el espacio. Es fracaso este fósil, abecedario. Símbolos fósiles estériles, palabras fracasando, contra las paredes. Sería tu aprendiz, si entendiese al viento. Sería tu guardián, en vez de carcelero. Roja sangre de buey, fuego en tu pecho. No necesitas nada, solo alimento. Una rama amiga será tu casa. Cuando en la noche del mundo, no haya mas nada. Cuando el ojo voyeur del hombre triste, sirva a las llamas, de combustible. Llamas rojas, rojo pecho, la sangre en tu pelo, es un amuleto. Pintado por los dioses que se nos ríen. A Ícaro y a mi, tan inservibles. Alas derretidas, fuego rojo y codicia. Tiraré mis piedras, y mi avaricia. Quedaré desnudo, será mejor. Hombre desnudo, desnudo el miedo y el dolor. Aún así nunca, sabrás quien soy. Por matar el hambre mataré a los dos. Muerte roja, hermana de la supervivencia, vive en mi pecho, la sangre alerta. Pasará mañana, porque ya pasó. Mañana, ayer, y presente, tres puntos de una pendiente. Mañana es la cima, cuesta arriba arrastrando, la culpa siniestra del ser humano. Tu sueltas la rama, solo se aferrarme. Al ayer, al mañana, al presente: los tres afluentes de mi vertiente. Porvenir, meridiano dudoso. Migración, porvenir forzoso. Vuelas por que no esperas nada, porque no hay avenidas memorizadas. Vuelas porque lo inmenso es un recinto. Vuelas porque en tu reino no hay laberintos. Vuelas porque escuchas, los gritos sordos, los de tu instinto. Reino del instinto, un recinto inmenso. Para mi: gran laberinto. Miro de nuevo y te veo distinto. Has vencido, mientras desisto.

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Foto irrepetible del Sangre de Buey en la puerta de la Posada Mandala

Nunca temas no regresar. Desde lo alto seré imperceptible, como olvidar. Seré un reflejo dudoso sobre la mar. Bate las alas, punto de fuga: la inmensidad.

Sangre de Buey sobre uno de sus tronos en la rama de la Papaya. También es conocido como Red Tanager, pájaro típico de estas latitudes. Fotografía: Gustavo Legaz

Sangre de Buey sobre uno de sus tronos en la rama de la Papaya. También es conocido como Red Tanager, pájaro típico de estas latitudes. Fotografía: Gustavo Legaz

El gobernador y su sonrisa (Fotos: Hilary Smith)

18 Octubre 2009 por Posada Mandala

Lisandro Magalhaes Barbosa abrió la puerta. Entró en el consultorio. Se paró frente al escritorio. No miró a la secretaria, e hizo la última pitada del puro de cincuenta dólares marca Cohiba, regalo que le hiciera su nieto en su onómatostico número noventa y cinco. Mientras el humo viscoso entraba, su rostro se deformó. Sus labios desaparecieron dentro de la cavidad bucal. Su nariz se acercó a escasos milímetros de su mentón, resaltando dos cuencas semivacías por donde se asomaban, tímidos, unos globos oculares vidriosos, coloreados por arterias cada día mas rojas y ramificadas, cubiertos malamente por dos párpados estirados por el tiempo, donde una vez hubieron pestañas. Los pómulos surgieron como dos alaridos puntiagudos. La vejez apareció toda al unísono, como un rompecabezas terminado.

En esa versión de el mismo que entró en el consultorio del dentista, no había ni rastro del terrateniente que otrora surcaba algodonales infinitos. Ni la sombra de ese macho que cabalgaba veloz, con destreza de centauro, camino al atardecer fulgurante que se cernía sobre su imperio familiar, como una bendición de rutina.

Sentado en la sala de espera, el ex gobernador apagó el cigarro en un cenicero de esos que tienen arena adentro, haciendo movimientos circulares al compás de una tos escueta.

Dr. Carvalho trabajando, Azahar mirando

Dr. Carvalho trabajando, Azahar mirando

Lo único que necesitaba para volver a ser el hombre mas poderoso del estado de Espíritu Santo, estatus heredado de sus ancestros portugueses tan diestros con el látigo y la usurpación, eran sus antiguos dientes. Ya no estaban ahí como un arma. No eran los guardianes invencibles de su antigua sonrisa victoriosa, con la que coronaba frases de amor que hacían mearse a las hadas de emoción. Esos molares que los odontólogos identifican con el número dieciséis, diecisiete, veintiséis, veintisiete, treinta y seis y treinta y siete, eran los que comprimía con fuerza para activar esos aterradores músculos mandibulares, que en el pasado le dieron una apariencia de dragón embravecido que metía tanto miedo a sus súbditos. Solo que hoy en día, descansaban desperdigados, al igual que el resto de su dentadura, por cuatro o cinco continentes.

Gente molesta tratando de desconcentrar al Dr. Carvalho

Gente molesta tratando de desconcentrar al Dr. Carvalho

Era cierto, el ex gobernador Lisandro Magalhaes Barbosa, se había dado el lujo de desdentarse en interminables cuotas, y en los lugares mas exóticos del mundo. Había sembrado su sonrisa por todo el planeta. Aún recordaba los detalles. Su primer canino caído allá en Cornwell, en una sobremesa, riendo con Lord Kersley del bombardeo británico a un indefenso país cuyo nombre sonaba tan divertido. Luego un incisivo en esa conferencia de Oslo, donde confundió en el ágape, una perla cultivada con un caviar gigante. El colmillo superior derecho en aquel baño de calor de Finlandia, cuando los chorros de sudor le deshidrataron la encía, matando el nervio y la raíz. El inolvidable colmillo que sucumbió ante un cabezazo de una amante Checa que no pudo dominar el violento espasmo orgásmico provocado por la lluvia de dólares recibidos por sus servicios nocturnos, más que por la breve perfomance de perro necesitado del ex gobernador.

De la misma manera que Michelangelo se volvía loco para esculpir, yo me enloquezco haciendo dientes, dijo el Dr Carvalho

Moldeando la sonrisa del gobernador con cera, la que primero derrite en la lampara de bencina

Miraba hacia el suelo, como buscándolos en el fondo de un río semi transparente tan parecido a la memoria, y Lisandro Magalhaes Barbosa recordó de repente ese premolar que quedó incrustado en un obsceno bife de chorizo de ochocientos gramos de una parrillada Argentina, en la época de glamour de ese país vecino que desde hace décadas está gobernado por facinerosos avarientos.

Su memoria prodigiosa lo llevó por todos los recovecos posibles, desde la primera dentición láctea, hasta la última pieza desprendida hacía una semana: el lateral derecho superior, que tardó en ser devorado quince años por una carie de apetito perezoso.

Lisandro Magalhaes Barbosa, capaz de masticar a duras penas solo el humo de un habano, los había perdido uno por uno. Su boca se había deshojado como una margarita de huesos fugitivos. Y al final los perdió a todos. Todos menos uno: el canino inferior izquierdo, con el que aseguraba de costado esos habanos caros y gruesos que quedaban inamovibles en el agujero marchito de su boca: el último baluarte de un varón que siempre ostentó maneras ásperas.

–El Doctor Diogo Carvalho lo atenderá en diez minutos vió?, dijo la jóven y exuberante secretaria.

Asintió en silencio. Le devolvió una sonrisa de caballero altivo, confundida atrás de su epidermis cansada: esa tela arrugada por gesticulaciones que tradujeron, a lo largo de un siglo, todas las variantes emocionales posibles que un ser humano puede sentir. Pero la secretaria ni reparó en eso. Y el esperó. Porque desde que la tercera edad se había posado en el, esperaba con paciencia atlética a donde quiera que el fuera. Ya se había vuelto un talentoso de la espera.

–Lisandro Magalhaes Barbosa, es su turno, le notificó la secretaria a los pocos minutos.

Se levantó apoyado por su bastón, y se encaminó hacia el despacho con pasos lentos. Cuando entró, vio al Dr. Carvalho de punta en blanco, con un barbijo en el cuello. Este lo hizo pasar, le dio la mano. El olor a mercurio, plata, estaño, cobre y zinc de las emplomaduras, le dieron ese metálico sabor de la duda. Las luces frías del neón chorreadas sobre un sillón forrado en nylon que mostraba mangueras, espejos y caños, le hicieron reconsiderar la odisea demente de haber venido a recuperar la oclusión. Por eso cuando se sentó, comenzó a temblar. El jóven odontólogo entendió al anciano y comenzó a hablar de cualquier cosa para distraer su atención.

–Me estoy yendo mañana al alba para Itacaré, una ciudad de pescadores en Bahía. Tengo una reserva en la Posada Mandala, le dijo, mientras le examinaba el único diente tricolor con una herramienta para testear la porosidad. Esa única pieza del museo bucal al que asistía perpplejo, estaba milagrosamente fuerte.

Con oficio, el Dr. preparó una pasta blanca, sabor a menta, y la vertió en un molde agujereado, con la forma de la encía inferior. Cuando terminó se la hizo morder. Cuando la sacó de su boca, observó la única huella de su dentadura. Un certificado de ausencias. Repitió la operación en la encía superior. En esta no había nada. Se sintió vulnerable de ser tan humano. Porque sabía que esa persona que estaba ahí temblando y entregado, era también él. Era su padre, su abuelo, y sería también su hijo y su nieto. Esa persona éramos todos, pensó.

Volvió su mirada hacia el sillón, donde yacía Lisandro Magalhaes Barbosa, echado con todo el orgullo expuesto de sus noventa y siete años de fragilidad, y sintió la necesidad imperiosa de poner dientes en esa boca. La tecnología y sus estudios se lo permitían. De modo que sintió un llamado inexplicable. Ensordecedor. Supo que este era un caso especial. Urgente. Un caso que ameritaba trabajar en el medio de las vacaciones. Entonces lo acompañó hasta la puerta, y mas allá todavía. Lo ayudó a bajar los escalones. Salió a la calle con el. Camino hasta la esquina, tomándolo del brazo con aprensión familiar. Le ayudó a conseguir el taxi. Cuando estaba por embarcar, lo miró a los ojos. Quería encontrar sus pupilas ajadas para decirle lo que quería decirle.

– Lisandro, su sonrisa estará lista en veinte días. Así tenga que escalar por sobre los cuerpos de mis pacientes para conseguir el tiempo para terminarla. Así tenga que sacrificar hasta el último rayo de sol de mis vacaciones en la Costa del Cacao para trabajarla.

Y con una mano sobre el hombro, con sus ojos fijos en los de él, agregó:

–Así me cueste mi propia sonrisa. Y lo despidió con un abrazo

–Gracias hijo, respondió Lisandro Magalhaes Barbosa con la frase entrecortada por la gratitud emocionada, antes de cerrar la puerta trasera del taxi y desaparecer en la cinta asfáltica junto con la manada interminable de automóviles que coexistían en el rigor de la hora pico.

Volvió a su despacho y se puso a trabajar. Trabajó esa noche. Trabajó en el avión, en la mesita replegable donde se sirven los tentempiés. Cuando aterrizó en Ilheus, le pidió al remis que lo transportó a Itacaré que no lo moleste con preguntas porque tenía trabajo. Y nosotros lo encontramos en la mesa del lobby de la Posada Mandala todo concentrado, extasiado, con las herramientas en sus manos artesanas. Porque fabricar una sonrisa es una cuestión de arte. El lo sabe. Y Lisandro Magalhaes Barbosa también lo sabrá pronto: cuando se mire al espejo, y encuentre sobre nuevos cimientos, construida su nueva sonrisa.

Aislante, Molde, Esculpidor Hollenback, y la sonrisa del gobernador Lisandro Magalhaes Barbosa en las mano del Dr. Carvalho

Aislante, Molde, Esculpidor Hollenback, y la sonrisa del gobernador Lisandro Magalhaes Barbosa en las mano del Dr. Carvalho

Mas vacío el Mar

11 Octubre 2009 por Posada Mandala

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Negro el cielo. Furioso el horizonte. Todopoderoso el sol. Profetisas las nubes. Invisible el remanso. Posible el alimento. Redentora la luz. Sinfónicas las olas. Efervescente la espuma. Madrugador el espíritu. Decidido el marinero. Temerosa la compañera. Aceptantes los hijos. Automática la despedida. Rutinaria la odisea. Ilimitado el azar. Certera la corriente. Sabio el vientre del espinel. Intangible la ruta. Férreo el deber. Arremolinada la memoria. Suelta la jangada. Inalterable la cadena ecológica. Firmes los pies. Obediente la proa. Sentenciosa la red. Presentes los ancestros. Acuoso el coliseo. Despierto el instinto. Desprevenido el tiburón. Tensionados los brazos. Ávidos los ojos. Inflamada la expectativa. Agonizante la presa. Vencedor el ser humano. Primitiva la sonrisa.
Justa la batalla?

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Servil el ancla. Incompleta la alegría. Espeso el viento. Grávida la vela. Empobrecido el mar. Victorioso el descenso. Bullicioso el mercado. Enmascarados los mercaderes. Pactada la entrega. Monetario el símbolo de gratitud. Minera el aguardiente. Desmemoriados los machos. Distraída la conciencia. Etérea la culpa. Ritual la borrachera. Puntual la lluvia. Pesado el regreso. Mirona la noche. Enmudecido el dolor. Cansados los pasos. Gemelo el futuro del pasado. Postergados los sueños. Cómplice la compañera. Dormida la progenie. Despintadas las paredes. Elocuentes las miradas. Maternal el abrazo. Comprensivo el amor. Corporal la satisfacción. Sonora la risa. Secretas las lágrimas. Rendida la vigilia. Oportuna la indulgencia. Otro día el mañana. Bahiana la sabiduría.

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Fotos: Tessa Poncelet

Duro como el maldito Metal visita la Posada Mandala

27 Septiembre 2009 por Posada Mandala

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Hace cuarenta años, Ozzy Osbourne estaba sentado en su casa viendo una película de clase B llamada “los muertos caníbales: el regreso del mucho mas allá”. Vivía en una casa rodante con cimientos de plástico, y trabajaba arreglando bocinas para autos: su primer acercamiento a la música. En ese entonces Ozzy era un adolescente. El tele mostraba una escena en un cementerio, donde un zombie se arrastraba despacio hacia donde estaba el enterrador, que tenía su pie trabado en una rendija. Cuando el muerto al fin lo alcanzó, le dio un mordiscón en el cuello, y le arrancó una masa de carne mezclada con una especie de tubo flexible, que flameaba descontrolado como una pequeña manguera a presión suelta, mientras chorreaba sangre para todos lados. Era la vena yugular. El Zombie la exhibía como un trofeo entre sus dientes, agitando la cabeza frenético y mirando al cielo. Fin de la película.
Ozzy, rascándose el mentón, sintió que al film le faltaba algo.

–Si hay películas de terror, porque no hay música de terror?, se preguntó.

Años después, basado en aquella premisa, fundaría el primer grupo de Heavy Metal del planeta tierra: Black Sabbath.

Eso nos contaba Alex Thon, un huésped de la Posada Mandala. Vino de la helada Noruega. Llegó con su novia huyendo de la ajetreada vida de estrella de rock que, allá en Oslo, lo estaba “empujando a la insania como una maldita topadora excitada”. Alex no hace cualquier tipo de Rock. Con su grupo “Intemperence” -que significa abuso de la bebida- hacen lo que se denomina Metal. Pero no cualquier tipo de Metal. Porque aclara que está cansado del “cliché de los metaleros”, que se visten “como si estuvieran dentro de Matrix, con sobretodos largos, gafas, y cinturones de cuero”.

–He viajado por todos los malditos estilos, grafica haciendo un círculo en el aire con el dedo índice.

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En sus comienzos, Alex se cansó rápido del Heavy Metal porque era “demasiado tranquilo”. Por eso, emprendió la búsqueda de su verdadero yo artístico, cambiando de rumbo. Probó con el Thrash Metal. Thrash significa destrucción.

–Entendí que era un estilo congruente con mi maldita adolescencia, Alex subraya abriendo los ojos y levantando las cejas.

Pero de nuevo Alex comenzó a aburrirse, porque los riffs (frases musicales que se repiten a menudo) eran demasiado “monótonos”, y se sintió listo para abordar un nuevo estilo: el Speed Metal.

– Hetfield y Dios… ambos son grandes! Y ambos son muy comerciantes!, opinó sobre el líder de Mettallica, los pioneros del Speed Metal.

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Sin duda todo lo comercial para Alex es “parte del maldito sistema”. Así fue que le tocó hacerse a un lado de este estilo, y buscar nuevos horizontes. Ahí conoció a unos solitarios jóvenes que lo invitaron a tocar con ellos. Cantaban canciones muy profanas que sonaban heladas “como el viento azotando un maldito bosque noruego muerto de hipotermia al amanecer”. Luego de unos meses, “Los Embajadores de Satán” comenzaron a incluir en el repertorio canciones sobre quemar iglesias. Alex pensó que era sentido figurado de pura rebeldía. Pero llegó el día que la realidad superó a la ficción de sus piromaníacos video clips.

–“Alex, hay una iglesia Gótica que es toda de madera, vos vieras que linda! Está especial para hacerla arder, querés venir?, lo invitaron esos jóvenes, que traían kerosene y una caja de fósforos.

En ese momento Alex decidió que había que buscar una alternativa y los abandonó. El Black Metal había llegado demasiado lejos para él. Sus amigos siguieron adelante y han quemado ya dos o tres iglesias. “Se está convirtiendo en el deporte noruego por excelencia”, nos cuenta con un poco de preocupación. Hace silencio. Sus ojos parecen rescatar una anécdota del torrente de la memoria.

–Mayhem-hace referencia al famoso grupo noruego-esos son los creadores del Black Metal, me aclara señalándome con el índice.

Contó que el cantante de Mayhem se suicidó en el medio de una gira, abriéndose las venas a lo largo “como debe ser el procedimiento de un suicida responsable”. Cuando llegaron al hotel, sus amigos lo encontraron sin vida, y con todo el cuarto adornado con charcos de sangre. Porque después de cortarse las venas, en vez de irse a una bañera a meditar y ver pasar la vida como diapositivas y llorando esperar el encuentro con la parca, el suicida, antes de perecer, tuvo tiempo de hacer zapping en la cama, de fumar como un paquete de veinte, de orinar unas cuantas veces, hasta que al fin la muerte le llegó a la madrugada, mientras miraba, desangrado del aburrimiento, la MTV. Lo vieron estirado desnudo sobre el edredón blanco teñido de rojo, con su cuerpo azulado como un cetáceo abandonado, con sus ojos blancos vacíos, y con una sonrisa de placer que no tenía nada que ver con el trauma del rigor mortis. Leyeron la nota que les dejó en la pared del baño, con caligrafía gótica: “muchachos, no sabía que tenía tanta sangre, disculpen el enchastre”.

–Que hicieron los compañeros de banda cuando encontraron ese show en el maldito cuarto de hotel?, pregunta casi saboreando la respuesta.

Bueno. Lo primero que hicieron fue pedir prestada una cámara de fotos. Luego, se sacaron fotos la noche entera con el cadáver del amigo en diferentes poses. Y después utilizaron esas mismas fotos para hacer el arte de tapa de su nuevo disco, que resultó el disco mejor vendido de la historia del metal noruego.

Hicieron “lo que cualquier banda de Black Metal hubiera hecho”. Y me alerta: “me estoy desviando de tema, perdón”.

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Alex nos volvió a encarrilar por la metálica avenida de su vida. Después del Black Metal nos contó que abordó por poco tiempo el Doom Metal, pero por el carácter depresivo-suicida de la temática que aborda, lo descartó a los dos meses. Luego, conoció a Marylin Manson, que le pareció un “cazador de atención” y decidió que tampoco iba a caer en el Goth Metal, así que lo salteó y pasó derecho para el Folk Metal, donde aprendió a tocar viejas melodías nacionales noruegas, como así también clásicas canciones de los vikingos “transformadas en oscuro metal con el poder de mi guitarra incendiaria y mi personalidad distorsionada”. Pero al poco tiempo, decidió retirarse porque “supongo que no tengo un casco con cuernos, ni tampoco soy un maldito adorador de banderas para andar tocando eso no??”.
Inmediatamente después de eso, tuvo tres semanas de no tocar, y ante la desesperación de su cuerpo que “pedía metal con el último maldito átomo de mi última galvanizada célula”, decidió tocar en un ensayo con una banda de Power Metal. Ese día cuando terminó el ensayo, maltrató a sus nuevos compañeros.

–Esta maldita música es tan feliz, y casi se puede bailar como un maldito bolero, que mierda les pasa muchachos, se han vuelto locos, que clase de metaleros son!!!, cuestionó ofuscado ante la falta de dureza del subgénero.

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Después de abandonarlos, decidió hacer una breve parada por el Melodic Metal, donde aprendió las versiones pesadas de “Mozart, Beethoven, y todos esos tipos de peluca”. Pero llegó un momento donde la novena sinfonía le empezó a gustar tanto que le dio miedo volverse un músico de “esos que andan por ahí, obedeciendo, con el pelo corto y una conciencia tranquila”. Por eso, en contra de sus deseos, busco alivio en el Grindcore Metal, que lo apaciguó, pero no lo satisfizo del todo, porque “el cantante de Grindcore respira para adentro al mismo tiempo que canta” y esos sonidos “como un maldito chancho en el matadero” lo ponían nervioso. Así que Alex siguió probando en cada oportunidad que tenía. Enchufaba su guitarra en cientos de amplificadores desconocidos con la esperanza invencible de un náufrago virgen. Prendía el distorsionador de su guitarra Fender Stratocaster (azul metálico), como buscando abrir con una llave, el cofre de la felicidad. Pero no estaba dando resultado. La identidad metalera se le escurría por las cuerdas de su viola como “un maldito jabón que tratas de levantar del suelo en pleno diluvio”. Experimentó metales fugaces como el Nu Metal, que viene de Alemania, que es donde “no saben hacer música”, y “gustan de ganar mucho dinero”. O como el Sludge Metal, que aboga por la matanza de aves de corral en los shows, cosa que al fin lo terminó cansando.

–Los malditos pollos son tan rápidos que me cuesta alcanzarlos y pisarlos con los reflectores encandilándome, explica Alex cubriéndose los ojos con las palmas de las manos.

Así que comenzó a buscar estilos mas poderosos, y pasó entonces por el Hardcore Metal, que “es demasiado fuerte, enojado y rápido”. Aunque nos cuenta que el Stoner Metal es aún mas agresivo ya que “usa los amplificadores mas potentes y destructivos de toda la maldita industria musical”. Cuenta que cuando hay un concierto de Stoner Metal, “el suelo tiembla a cien metros de distancia”.

En medio de toda esa búsqueda sin resultado, fue que tuvo un episodio de crisis: tocó para una banda de Christian Metal, que hacen canciones metálicas de alabanza a Jesús. Cuando Alex dijo eso, se le nublaron los ojos de vergüenza.

–Era jóven, necesitaba tanto el maldito dinero… Y agrega después de tomar aire: Fue un maldito momento de debilidad, quién no los tiene?

Ese hecho generó un quiebre hacia lo creativo, por lo que intentó por un tiempo con el Avant Garde Metal, que utiliza elementos de todos los tipos de música, “como si fuera el Jazz del Metal”. Pero no lo sintió en su corazón. Probó luego con el Prog Metal, que introduce elementos de virtuosismo, y melodías progresivas que duran hasta veinte minutos, evolucionan, cambian de forma y sugieren un paseo en “una maldita montaña rusa”. Lo que pasó fue que el máximo exponente del Prog Metal, un tal Joe Satriani, “se volvió un mercenario”. Entonces quedó huérfano de metal una vez mas.

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Finalmente, un día, se reunió con sus actuales compañeros de banda. Le dijeron que estaban buscando un cantante de voz penetrante, que a la vez sea guitarrista experimentado, y que a la vez que conozca lo profundo del Metal.

–Yo, yo, y malditamente yo!, les rugió, despeinándolos, al darse cuenta que reunía los tres requisitos.

Ellos querían hacer Death Metal, una música que, cuando está bien hecha, suena como “el maldito Armagedón sobre la maldita tierra, con meteoros cayendo y la voz del profeta del fin del mundo narrando ese maldito apocalipsis todo en un lenguaje gutural”.

–Sabes, uno tiene que estar loco para negarse a semejante expresión artística!! Comentó entusiasmado.

Desde ese momento, se ha convertido en el vocalista de Intemperence, uno de los máximos referentes del Death Metal noruego, que es una música que no podemos poner muy fuerte en el desayuno de la Posada Mandala porque se nos escapan los malditos macacos, asustados.

Alex Thon dejando su mensaje al mundo

Alex Thon dejando su mensaje al mundo

–Y qué es lo que les gusta a los Argentinos?, curiosea Alex.

–Depende a quien. A los políticos malditos, por ejemplo, les gusta El Vil Metal, le explico.

Como no comprendió el chiste, se me ocurrió hacerle escuchar folclore, y le canté una zamba del Cuchi Leguizamón con mi guitarra criolla. Le canté la “Zamba de la viuda”.

–De qué se trata?, me preguntó cuando terminé.

–De una mujer fantasma que no le pudo dar sepultura a su finado esposo, entonces anda en el monte como un alma en pena y se aparece subiéndose a las ancas de las bestias tracción a sangre, arañando y asustando a los jinetes, en la hora del crepúsculo-contesté.

–Eso es demasiado, es una maldita brutalidad!, me dijo con una vaga sensación de muerte inminente.

–Claro Alex! El Gaucho Metal no es para cualquier blandito!, finalicé.

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Alex y Lorena

Alex y Lorena

Versión abreviada de una historia que podría haber sido común.

16 Septiembre 2009 por Posada Mandala

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Sebastián Espina estaba en Alta Gracia, Córdoba, Argentina, un día de marzo del dos mil nueve.  El atardecer lo halló pensando en que la abogacía no le ofrecía demasiados desafíos. Miró a lo lejos y el horizonte invadido por las sierras lo movilizó. Había tenido un día duro en tribunales. Se había desayunado con café, resignación, y una burocracia impenetrable.
Cuando salió con un expediente de trescientas hojas en sus brazos, transpirando el sudor agrio de la tristeza, sintió que el día soleado alargaba el verano por otro momento mas, y se sintió agradecido por haberlo percibido.
-Algo es algo, se repitió.
Al bajar, de dos en dos, las escaleras del palacio de justicia, se detuvo en la mitad a observar una escultura nueva. Era la representación posmodernista de la justicia. Su poesía de concreto le supo a una obra maestra! Era una familia de tres, tomados de la mano. En frente de la familia, un sendero—probable metáfora del futuro—marcado por piedras. Al costado de cada piedra, diferentes palabras en latín. La primera era dignidad. Le seguían honestidad, solidaridad, justicia (en letras mas grandes) y por último: paz.

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Se desabrochó un poco la corbata, tomó aire, y lo transformó en un suspiro agresivo y liberador. Releyó las palabras al lado de la piedras. Pensó en ellas, y sonrió negando con incredulidad.
Maldijo al escultor, igual de corrupto que el poder judicial argentino todo amontonado. Porque “era sacrílego prestar las manos virtuosas de un artista, diseñadas para denunciar, para semejante barrabasada”. La justicia ya no era lo que el había soñado de estudiante. No era la dama de ojos vendados que prometía protección a los débiles y confundidos hombres de esta tierra. No era el manto conciliador con el que Salomón cubría a su pueblo, que acudía a el para que administrara sus bíblicas decisiones. En cambio, era una prostituta que cualquiera podía comprar a precio vil. Y Sebastián sentía que por momentos se había convertido en uno de sus proxenetas.
Se sentó en el último escalón y leyó el fallo del juez: sobreseído. Por un momento le dio asco ser tan buen abogado.
Era el apoderado legal de Atilio Pontevecchio, un empresario importador de sahumerios procesado por incendiar el depósito de su distribuidora intencionalmente para cobrar el seguro. Había ganado su enésimo juicio, y en vez de alegría, le había salido una alergia en los tobillos y muñecas por los nervios. Sebastián Espina supo que la vida podía ser bien diferente a ese constante escupir para arriba y salir corriendo.

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Sentado en el living de su casa, observó un globo terráqueo, regalo de su abuelo, cónsul Argentino en Nápoles en el gobierno de Perón.
Se levantó, lo hizo girar y pensó: Sudamérica es tan colorida como su imaginario colectivo. Le vinieron a su mente dos escritores sudamericanos: Vargas Llosa y Jorge Amado. Imaginó un mundo de posibilidades infinitas: que tal si el pudiera pasar por Iquitos para compartir una siesta húmeda del trópico peruano con esas visitadoras que enloquecieron de amor a Pantaleón?; que tal si el apareciera en Salvador de Bahía, viviendo con los desamparados, aprendiendo de la sabiduría callejera de los que se divorcian del sistema antes de aprender a hablar?; que tal si pudiera conocer al equivalente actual de Sonia Braga caminando por las calles de alguna ciudad perdida en la Bahía del Cacao? Que tal?

Llamó a su mejor amigo. Le dijo: quiero arreglar mi bicicleta y salir de acá lo antes posible. Cualquier lado es suficiente. Con llegar hasta Santiago del Estero estará bien. El amigo hizo un silencio y le respondió: eso sería titánico. El redobló la apuesta: no!!!.
Lo titánico es lo que estoy haciendo ahora! Trabajo diez horas por día en cosas que no suman absolutamente nada a nadie.  Me cuesta la sangre, el sueño, el tiempo, la salud y la vida. Su amigo, sin escuchar el grito de auxilio detrás de las palabras, le dijo: que lástima Sebastián, vas a tener que levantarte mañana, calzarte el traje y seguir de nuevo, titán.
Esa noche Sebastián comenzó a digerir una idea que le había dado vueltas por la cabeza por mucho tiempo.

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Antes de dormir, pasó por la biblioteca de su casa, y encontró un libro de Khalil Gibrán. Lo abrió aleatoriamente y leyó este párrafo, que sonó como una premonición: “Me dijeron que si veía a un esclavo dormido no lo despierte, pues podría estar soñando con su libertad. Les dije: Si ves a un esclavo durmiendo, despiértalo y explícale lo que es la libertad”
Sebastián cerró el libro. Se acostó en su cama. Apagó la luz. El sueño, con el poder clarificador de su ejército nocturno, hizo el resto del trabajo.
Entonces el día martes 14 de abril, despidió a sus seis hermanos, a su padre y a su madre, y partió con dirección al norte, en su bicicleta. Como no sabía bien hasta donde llegaría, enganchó a su bicicleta, una especie de carretilla con algunas provisiones. Su familia, entendió en silencio el exilio autoimpuesto, y lo besó prodigándole bendiciones a granel. Tenían la esperanza de que Sebastián se cansaría y volvería pronto.

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Se montó a su bicicleta, a la que nombró “Gandhi”, y salió hacia Cosquín, para llegar a Capilla del Monte. Quizo llegar a la poderosa ciudad de Dean Funes, tan mística y musical. Como sus energías se agotaron, decidió parar en un “maravilloso y abandonado” pueblo llamado Chuña, donde conoció a los tunales infinitos, y a una gente de corazón abierto que lo alentaron a seguir, y que además le dieron alojamiento y comida. Por eso, al otro día, le pareció que había que honrar a los anfitriones y hacerles caso en sus sugerencias. Con la fé renovada, salió con el alba y esa misma noche, llegó a Frías, Santiago del Estero “casi agonizando del cansancio”. Allí probó la Malvamiel del Dr. Elías Baracat, un alquimista, pintor, músico que en sus tiempo libres se dedica a la cirugía laparoscópica, que inventó una miel con una cruza de abejas de tres continentes diferentes, que cura los males intestinales, respiratorios, circulatorios, y también el mal de amores, razón por la cual casi ni atiende en su clínica por considerar a la medicina alopática como incompleta “siempre que no contenga mi malvamiel”.
Cuando el propio Sebastián probó la Malvamiel, en vez de volverse a Alta Gracia, decidió irse hasta Chile, pedaleando desde Purmamarca, a través del despiadado paso de Jama, hasta San Pedro de Atacama, recorriendo en tan solo cinco días un desierto de mas de cuatrocientos kiñómetros que “se traga tu existir con su boca de piedra molida”. Sebastián tuvo un episodio de pánico en el primer trecho del cruce. Se encontró con los treinta y dos kilómetros de la Cuesta de Lipán.

Maquina de traccion a sangre, cubiertas de Kevlar, y jinete invencible

Maquina de traccion a sangre, cubiertas de Kevlar, y jinete invencible

–Cuando a una cuesta le ponen nombre, cuesta el triple, nos explicó serio.
En ese trayecto en el que se eleva la cordillera dos mil metros hasta llegar a los cuatro mil, las diferencias de temperatura, y una noticia de una muerte por hipoxia, le dieron al paseo un tinte apocalíptico. Pero Sebatián prevaleció. Cuando lo peor había acabado, Sebastian lloró. Lloró al comenzar el descenso: sus lágrimas eran de agradecimiento. Lloró y casi se deshidrató de tanto llorar. Sus lágrimas eran las últimas gotas de fuerza, que ahora se vertían sobre sus mejillas resecas de incredulidad.
Y cuando llegó allá, aún se sintió fuerte, por lo que decidió continuar hasta Iquitos, puerto principal del Amazonas peruano, en donde se sintió atrapado en una de sus novelas favoritas. Y cuando llegó allí, aún sentía que tenía que seguir y pedaleó hasta Ecuador, luego hasta Colombia, y después Venezuela, y llegó un día hasta Manaos, bordeando el Río Amazonas.

Como había seguido a ese monstruo de río casi desde su nacimiento, quiso acompañarlo, en señal de respeto, a su descanso en las fauces del Atlántico, razón por la cual se embarcó hasta Santarem, y después hasta Belém do Pará, donde se tomó una tarde entera para ver como el poderoso Río alimentaba el Océano.

Sebastián Espina y una vieja sarna incurable mía

Sebastián Espina y una vieja sarna incurable mía

Así fue que la tarde lo encontró semi aturdido con una epifanía y el profundo rugido del Amazonas al encontrarse con el mar.
Esa nueva realidad le nubló sus ojos verdes, azulados por la nostalgia, y le dio el valor para poder regresar: “mirando el Río Amazonas entregarse todo al Atlántico entendí que mientras mas se da, mas abundante todo se vuelve”.
Había pedaleado por ciento dieciséis días sin parar.
Empezó a descender hasta Salvador de Bahía, y luego Itacaré.
Ahí fue que lo encontramos pedaleando como persiguiendo un recuerdo por el frente de la Posada Mandala.
Intuimos que se trataba de una persona fuera de lo común. Le dije a mi compañera Lorena: fijate como ese tipo parece que fuera flotando como una nube en bicicleta. Nos vio tomando mates y nos preguntó con un poderoso acento cordobés: puedo tomar un mate con ustedes?
Si, le contestamos. Pero acá nada es gratis. A cambio, nos tendrás que contar tu historia.
Se quedó dos días, en el que nos hechizó con su gran habilidad descriptiva. Fue como viajar con el por Sudamérica.
Y cuando terminó, se subió a su bicicleta y nos dijo: tengo que llegar en octubre a Alta Gracia. Presiento que algo especial va a ocurrir. Además. tengo que tomar algunas decisiones.
Y partió hacia Vitoria, rumbo al Amazonas Sur, para cruzar por Paraguay hasta su patria.

Miré a mi mujer, y le dije: ya vengo Lorena, me voy hasta la estación de servicio a comprar una gaseosa en la bici. Cuando llegué, lo miré al encargado y le pregunté
–Tigre, voce no vende Malvamiel por casualidad?
–Ah, ok, gracias igual.

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