De frente a la ventana, bebiéndose un trago de aire del atlántico, Nicolás quiso aminorar su tedio. El viento marítimo olía a felicidad. Pareció añorarla al frotarse con la punta de sus dedos su pecho de pelaje bicolor. Apretó las manos en los marcos de las ventanas abiertas de par en par. Sintió que la Francia de sus amores quedaba demasiado lejos. El viento de la playa de Itacarezinho lo refrescó, pero no le arrancó la desgana. Era como si el salitre le oxidara de a poco el sosiego. Notó, sin sorpresa, el charco de la luna llena volcado en ultramar. Cerró las ventanas y al darse vuelta, la luz íntima de la suite del Txai Resort de Itacaré le iluminó tres cuartas partes del rostro. Quedó visible la irritación ocular que el colirio no supo despintar. Sus párpados estaban a media asta.
Itacaré era diferente a su París natal. Era tropical y exuberante. Tenía playas semi desiertas en vez de viñedos. Tenía morros selváticos en vez de torres de metal. ¿Por qué habría de sentir aburrimiento? Después de todo, estaba en su luna de miel. Viviendo el ritual de amor que el mundo había inventado para los amantes novicios. ¿Por qué sentía ese vacío? Su segunda esposa era un trofeo: era jóven y dorada. También era un símbolo de status. Carla era famosa y cara. Ella era todo, y lo único que buscaba en una mujer.
Inhaló profundo una vez mas. ¿Era la rutina? ¿Podía ser eso? ¿Ya se había cansado? No había otra explicación. Estaba sintiendo la calamidad del matrimonio adueñarse de la situación. Las frutas frescas del jardín de la pasión se descomponían bajo el veneno de los pergaminos de la unión civil. Sintió nostalgia del arlequín apasionado por el día a día, dueño de una sonrisa inquebrantable. Se buscó en su memoria prodigiosa y se vio como un recuerdo difuso y lejano: de la misma manera que recordaba a un pariente pobre que tenía en Marsella.
Recordó una canción del trovador George Brassens que se llama “el anti pedido de matrimonio”. Se detuvo en una metáfora: “no ahorquemos a cupido y le clavemos su propia flecha en la garganta”. Apretó las mandíbulas. Miró el televisor de cincuenta pulgadas prendido en una novela de Gloria Perez que contaba historias de Samurais que emigraron desde Okinawa a Rio de Janeiro y se convierten en héroes narcos en una favela. Agarró el control remoto con bronca. Sintió que Brasil es capaz de mirar cualquier mierda y mantener esa alegría pétrea. Cambió de canal en el acto. Puso la MTV. Peor aún. Agitando con vehemencia las manos enfundadas de oro, “Lord Gervas”, el rapper del momento en EEUU, cantaba su hit “Banging da ho with my niggas”. El sintetizador secuenciado sonaba demasiado automático. Los colores estaban saturados. Las mujeres estaban desnudas manoseando a los actores del video clip. Exhaló cerrando los ojos y negando con la cabeza. Apagó el televisor. El mundo le pareció, a través del plasma achatado, un agujero de mala muerte. Después de mucho silencio, decidió decir algo.
- Te das cuenta Carla? Dónde quedó Mozart, donde esta Beethoven, Wagner?, parado frente a ella argumentaba con sus brazos abiertos. –Dónde está Edith Piaf? Concluyó pegándose en el muslo desnudo con la palma de la mano. Ella ni lo miró.
- Dónde quedó George Brassens? Donde!, murmuró de espaldas, camino al baño de la suite. Ella no lo escuchó.
Resopló llenando los cachetes de aire primero, y soltándolo de a poco por la boca haciendo tiritar los labios, al descubrir que su esposa no lo escuchaba casi nunca. Entró al baño. Se ubicó al frente del inodoro. Separó las piernas del ancho de sus hombros, como lo recomienda el Tao Te King. Comenzó a orinar. Deseó ser un poco menos inteligente y mejor dotado. Sintió olor a café. Hizo girar la cabeza en sentido antihorario, lentamente. Apretó los ojos. La micción era débil. Pensó que sería su estado de ánimo, en vez de la elefantiasis prostática que aquejaba a sus ancestros mujeriegos y tarde o temprano lo abordaría con certeza. La genética es una lotería, o una condena, concluyó mientras guardaba su pene en el calzoncillo de seda Yves Saint Laurent. A la vuelta, se detuvo en el espejo. Estudió a un hombre que debería sentirse afortunado. Pero sus hombros tirados hacia delante y sus pies casi arrastrados al caminar, decían lo contrario. Sin convicción, entonó otra parte de la canción de Brassens. “La hermosa manzana prohibida, una vez cocida, pierde su sabor natural”. Se puso el dedo índice y el pulgar sobre las cejas. Se frotó los ojos cerrados.
Abrigado con su reloj Cartier con sus iniciales, regalo de Jean Marie Le Penn para su cumpleaños, con sus sandalias de entre casa y su calzoncillo que no alcanzaba a apretar sus piernas flacas, era difícil ver el héroe de las revistas del corazón, que allá en París, lo convirtieron en un mito sexual. Así, con ese cuero rayando la adultez total, sin cubrir por diseñadores europeos de culto, no parecía un adonis cincuentón. Así, aguantando las maneras frías de su esposa sin poner la mínima resistencia, no parecía el campeón infatigable capaz de desafiar al diablo en un debate por la cadena de televisión estatal francesa.
Nicolas Sarkozy se sintió, esa noche, dentro de las cuatro paredes de la suite nupcial, un esposo mas: un mártir de huevos indestructibles. Ningún decreto de necesidad y urgencia lo podía ayudar a palear el sin sentido de haberse casado. Ni la poderosa mayoría del congreso comprada con favores millonarios, aliviaría su agonía existencial. Ningún jefe de estado de la Unión Europea podía acudir a auxiliar su mala sangre. Su poder de oratoria, el principal capital de su vida, solo le servía para argumentar en vano contra ese espejo de dos metros de altura.
Estoy en una situacion “cul de sac”, pensó, y se sentó vencido en un sillón de madera labrada. Se abrazó a si mismo, hamacándose, buscando algún recoveco de seguridad en su niñez perdida, mientras miraba en dirección a donde estaba ella.
- Y ahora que?, se preguntó en voz baja.
Echada boca abajo en la cama, ajena a todo, con los dos pies en el aire y las rodillas dobladas, Carla Bruni escribía una canción para su nuevo disco “Deshojando mis helechos”. Solo paraba de escribir para tararearla. Nicolás sufría su voz indefinida como un taladro dodecafónico. Se suponía que se habían elegido mutuamente por sobre el resto de los humanos de la tierra. Pero el hastío se asomaba como el tercero en discordia, diciendo con sus ojos lagañosos: los culpables no son ustedes, soy yo.
Nicolás tragó saliva con dificultad, como deglutiendo su error. Una semana después de su casamiento, habían echado a cupido a las brasas de la hoguera de las vanidades. Cupido! con sus rulitos de oro, sus manitos gorditas, su arco, y su pitito de querubín. Que mierda estaba pensando cuando se casó! Si ya lo había dicho Groucho Marx, su cómico de cabecera: “el que se casa y se separa, y luego se vuelve a casar, no merece haberse librado de su primera mujer.”
Después de aparecer en la tapa de la revista Elle, Cosmopolitan, People, Times, y otras de igual nivel como la pareja mas perfecta del universo, estaban ahí, víctimas de la incomunicación entre ambos géneros, tan masiva y contagiosa como la gripe porcina en su cepa mas pandémica. Presos del automatismo inerte de la realidad marital, que todo lo achata como la gravedad misma del universo.
De ese fuego antiguo del noviazgo, capaz de detener los ascensores de París en los entrepisos para darse sexo desenfrenado, solo quedaba el humo. Pero no todo era ruin: habían elegido la Costa del Cacao como destino de su luna de miel.
Mientras tanto, los grillos y las aves nocturnas debatían con sus sonidos la retirada de la marea. Los minutos estaban estancados y las olas acariciaban sus oídos con guantes de espuma como una nana legendaria. Nada le pertenecía. En cambio, su matrimonio si, como a Sísifo le pertenecía la roca gigante que tenía que empujar para siempre. Sin dudarlo, le hubiera ofrecido su alma al diablo a cambio de su libertad perdida, pero la había empeñado antes para ganar las elecciones presidenciales. Acorralado como un león, recurrió a la violencia.
- Carla, otra vez escribiendo esa mierda de canciones! Hasta cuando!, le gritó.
- Bastardo fachista! Le contestó ella, en bajo volumen, sin mirarlo a los ojos.
Apretó las mandíbulas de nuevo. Resopló “a la francesa” otra vez más. La naturaleza simbiótica de su relación estaba expuesta. Estudió por enésima vez la figura desnuda de la primera dama sobre una cama de cinco metros por cinco metros. Gaughin la hubiera inmortalzado y yo le quitaría la vida, pensó. Pero algo pasó de repente. Se detuvo en su piel blanca, sus labios sugerentes, sus ojos verdes semi orientales, y percibió en el ambiente su perfume juvenil mezclado con la progesterona. Se dejó embriagar. Le pareció comprender que el amor es como el océano. Con sus mareas y sus demonios. Con sus mitos y sus tesoros. Con su temperamento urgente y su salinidad erótica. Inhaló y cuando exhaló, dejó salir el sentimiento. Estaba confundido, pero aún podía reconocerlo.
- Merde Carla….Je táime, le dijo, y se abalanzó sobre ella.
Comenzaron a jugar en la cama. Ella sonrió por primera vez en el día y tiró el bolígrafo Mont Blanc y el papel con la letra de su nueva canción en la alfombra de quince centímetros de espesor. El alcanzó a leer una parte: “Mi corazón es el genio que está preso en la botella”. Comenzó a besar su cuello. Se tocaron con precisión. Después de media hora de diversos juegos íntimos, notó que tenía hasta el momento, solo media erección.
- Será posible! Mierda!, gritó de nuevo Nicolás
Se puso a analizar mirando al techo, las posibles causas. Entonces la repasó de nuevo. Y de repente lo vio todo claro.
Carla Bruni estaba totalmente desnuda. Supo de inmediato que algo le faltaba.
Se levantó de la cama. Salió hacia el guardarropa. Buscó en el armario, adentro de una caja roja, y la sacó. La pesó en su mano: era casi imperceptible. La acarició. La olió, aunque estaba nueva. La tanga era color piel. La desplegó en frente de sí con una sonrisa triunfal . Era el modelo “Ouvert” de tangas Lola Luna.

Jean Michel Daumas, el apóstol del amor, diseñador y fundador de Lola Luna G-strings (Tangas). El es tan grande como los Rolling Stones. Se lo dije.
Algunos pueden cometer el error de pensar que es tan solo un pedacito de tela unido por tres hilos. Pero Nicolás sabía que no era tan sencillo. Sabía que esa creación artística era la suma de muchas horas de análisis y reflexión.
Las tangas Lola Luna despliegan, en su minúsculo cuerpo de encaje, una comprensión profunda de la desnudez humana. Para llegar a este diseño, abierto en la entrepierna, se necesitaba dominar filosofía. Entender la opresión sexual que sufre el cristianismo desde sus orígenes allá en el jardín del Edén. Este mini artefacto de sugestión erótica, era el resultante de horas analizando el peso de la genitalidad humana al descubierto. El mundo comenzó en ese espacio llamado útero. Al sentir la vergüenza de no ser una divinidad, el hombre quiso ocultar su origen para siempre. Primero con hojas de bananeros, luego con una serie de elementos textiles obsoletos, hasta llegar al límite de este nano cobertor de 9 gramos. Más aún: Sodoma y Gomorra ardieron y gente quedó convertida en sal por el poder de la culpa picoteando la conciencia cristiana, como un pájaro carpintero poseído por el demonio. El dolor de haber perdido el paraíso, que solo se puede contrarrestar mediante la ilusión de cubrir las partes pudendas.

A Jean Michel Daumas, el demonio le dio una tijera, un lapiz, y un pedazo de tela. Su imaginación hizo el resto.
Ya con la tanga en la mano, Nicolás comenzó a sentirse victorioso. Sintió que estaba duro, y no tuvo mejor idea que cantar las primeras estrofas de la Marsellesa:
- Vamos infaaaa-aaantes de la pa-aaaaa-tria, el día de la glooo-oria ha llegado.
Haciendo el sonido onomatopéyico de un caballo en celo, corrió del vestidor a la cama. Tomó los bordes de la tanga con los dos dedos índices. Sus glándulas salivales se activaron. Despacio y con oficio, colocó la la tanga en Carla.
- Oh lá lá, mon amour
- Voilá, respondió ella con una carcajada de serpentina
Ya con la tanga puesta, quedó mas desnuda que sin ropa. La ilusión óptica le dio resultado.
- A la mierda con la decencia Carla! Porque soy el gran voyeur. Un Napoleón que lucha contra la prisión de los tabúes. Gritando para arriba como un delirante continuaba: – A la mierda con todo mon amour, soy el presidente del país de la subversión moral y artística, bendito sea! La del Mayo del 68. El último bastión del erotismo sutil. Carla le contestó mostrándole dos dedos humedecidos por la efervescencia del presidente.
Arrodillado en frente de su esposa, con el poder corriéndole por las venas y en estado de ebullición , se sintió como un sacerdote azteca listo para un ritual sangriento. Respirando agitado, con los ojos desorbitados, bajó hasta el ombligo de Carla, y lo primero que hizo fue rugir. Luego con actitud canina le arrancó la tanga de un mordiscón.
Nadie sabe que sucedió el resto de la noche. De eso no hubieron registros específicos.
Pero en Mayo de dos mil ocho, Jean Michel Daumas, fundador y jefe operativo de Lola Luna Tangas, recibió una nota del presidente francés explicándole esta historia de puño y letra. La carta estaba firmada solo con las iniciales, por una cuestión de seguridad. La última línea decía:
- Usted y George Brassens hicieron mucho por mi. Muchas gracias. NS
Jean Michel lo cuenta y sonríe. Enciende un cigarrillo. Mira el atardecer ocurriendo a metros de nosotros, en la Ponta de Xaréu, y la luz naranja le devuelve un tono indomable al verde de sus ojos. Está apoyado en uno de los pilares de la Posada Mandala: un tronco de Condurú. El olor del cigarrillo se mezcla con el del almizcle de la madera resecada, y ambos aromas invaden nuestra atmósfera como un ejército invisible.
- Te gusta George Brassens?, indago.
- Seguro Eduardo, habría que hacer versiones Bossa Nova de el. Eso sería fantástico.
Fotos: Lorena Rosales






















