


Hace cuarenta años, Ozzy Osbourne estaba sentado en su casa viendo una película de clase B llamada “los muertos caníbales: el regreso del mucho mas allá”. Vivía en una casa rodante con cimientos de plástico, y trabajaba arreglando bocinas para autos: su primer acercamiento a la música. En ese entonces Ozzy era un adolescente. El tele mostraba una escena en un cementerio, donde un zombie se arrastraba despacio hacia donde estaba el enterrador, que tenía su pie trabado en una rendija. Cuando el muerto al fin lo alcanzó, le dio un mordiscón en el cuello, y le arrancó una masa de carne mezclada con una especie de tubo flexible, que flameaba descontrolado como una pequeña manguera a presión suelta, mientras chorreaba sangre para todos lados. Era la vena yugular. El Zombie la exhibía como un trofeo entre sus dientes, agitando la cabeza frenético y mirando al cielo. Fin de la película.
Ozzy, rascándose el mentón, sintió que al film le faltaba algo.
–Si hay películas de terror, porque no hay música de terror?, se preguntó.
Años después, basado en aquella premisa, fundaría el primer grupo de Heavy Metal del planeta tierra: Black Sabbath.
Eso nos contaba Alex Thon, un huésped de la Posada Mandala. Vino de la helada Noruega. Llegó con su novia huyendo de la ajetreada vida de estrella de rock que, allá en Oslo, lo estaba “empujando a la insania como una maldita topadora excitada”. Alex no hace cualquier tipo de Rock. Con su grupo “Intemperence” -que significa abuso de la bebida- hacen lo que se denomina Metal. Pero no cualquier tipo de Metal. Porque aclara que está cansado del “cliché de los metaleros”, que se visten “como si estuvieran dentro de Matrix, con sobretodos largos, gafas, y cinturones de cuero”.
–He viajado por todos los malditos estilos, grafica haciendo un círculo en el aire con el dedo índice.



En sus comienzos, Alex se cansó rápido del Heavy Metal porque era “demasiado tranquilo”. Por eso, emprendió la búsqueda de su verdadero yo artístico, cambiando de rumbo. Probó con el Thrash Metal. Thrash significa destrucción.
–Entendí que era un estilo congruente con mi maldita adolescencia, Alex subraya abriendo los ojos y levantando las cejas.
Pero de nuevo Alex comenzó a aburrirse, porque los riffs (frases musicales que se repiten a menudo) eran demasiado “monótonos”, y se sintió listo para abordar un nuevo estilo: el Speed Metal.
– Hetfield y Dios… ambos son grandes! Y ambos son muy comerciantes!, opinó sobre el líder de Mettallica, los pioneros del Speed Metal.

Sin duda todo lo comercial para Alex es “parte del maldito sistema”. Así fue que le tocó hacerse a un lado de este estilo, y buscar nuevos horizontes. Ahí conoció a unos solitarios jóvenes que lo invitaron a tocar con ellos. Cantaban canciones muy profanas que sonaban heladas “como el viento azotando un maldito bosque noruego muerto de hipotermia al amanecer”. Luego de unos meses, “Los Embajadores de Satán” comenzaron a incluir en el repertorio canciones sobre quemar iglesias. Alex pensó que era sentido figurado de pura rebeldía. Pero llegó el día que la realidad superó a la ficción de sus piromaníacos video clips.
–“Alex, hay una iglesia Gótica que es toda de madera, vos vieras que linda! Está especial para hacerla arder, querés venir?, lo invitaron esos jóvenes, que traían kerosene y una caja de fósforos.
En ese momento Alex decidió que había que buscar una alternativa y los abandonó. El Black Metal había llegado demasiado lejos para él. Sus amigos siguieron adelante y han quemado ya dos o tres iglesias. “Se está convirtiendo en el deporte noruego por excelencia”, nos cuenta con un poco de preocupación. Hace silencio. Sus ojos parecen rescatar una anécdota del torrente de la memoria.
–Mayhem-hace referencia al famoso grupo noruego-esos son los creadores del Black Metal, me aclara señalándome con el índice.
Contó que el cantante de Mayhem se suicidó en el medio de una gira, abriéndose las venas a lo largo “como debe ser el procedimiento de un suicida responsable”. Cuando llegaron al hotel, sus amigos lo encontraron sin vida, y con todo el cuarto adornado con charcos de sangre. Porque después de cortarse las venas, en vez de irse a una bañera a meditar y ver pasar la vida como diapositivas y llorando esperar el encuentro con la parca, el suicida, antes de perecer, tuvo tiempo de hacer zapping en la cama, de fumar como un paquete de veinte, de orinar unas cuantas veces, hasta que al fin la muerte le llegó a la madrugada, mientras miraba, desangrado del aburrimiento, la MTV. Lo vieron estirado desnudo sobre el edredón blanco teñido de rojo, con su cuerpo azulado como un cetáceo abandonado, con sus ojos blancos vacíos, y con una sonrisa de placer que no tenía nada que ver con el trauma del rigor mortis. Leyeron la nota que les dejó en la pared del baño, con caligrafía gótica: “muchachos, no sabía que tenía tanta sangre, disculpen el enchastre”.
–Que hicieron los compañeros de banda cuando encontraron ese show en el maldito cuarto de hotel?, pregunta casi saboreando la respuesta.
Bueno. Lo primero que hicieron fue pedir prestada una cámara de fotos. Luego, se sacaron fotos la noche entera con el cadáver del amigo en diferentes poses. Y después utilizaron esas mismas fotos para hacer el arte de tapa de su nuevo disco, que resultó el disco mejor vendido de la historia del metal noruego.
Hicieron “lo que cualquier banda de Black Metal hubiera hecho”. Y me alerta: “me estoy desviando de tema, perdón”.



Alex nos volvió a encarrilar por la metálica avenida de su vida. Después del Black Metal nos contó que abordó por poco tiempo el Doom Metal, pero por el carácter depresivo-suicida de la temática que aborda, lo descartó a los dos meses. Luego, conoció a Marylin Manson, que le pareció un “cazador de atención” y decidió que tampoco iba a caer en el Goth Metal, así que lo salteó y pasó derecho para el Folk Metal, donde aprendió a tocar viejas melodías nacionales noruegas, como así también clásicas canciones de los vikingos “transformadas en oscuro metal con el poder de mi guitarra incendiaria y mi personalidad distorsionada”. Pero al poco tiempo, decidió retirarse porque “supongo que no tengo un casco con cuernos, ni tampoco soy un maldito adorador de banderas para andar tocando eso no??”.
Inmediatamente después de eso, tuvo tres semanas de no tocar, y ante la desesperación de su cuerpo que “pedía metal con el último maldito átomo de mi última galvanizada célula”, decidió tocar en un ensayo con una banda de Power Metal. Ese día cuando terminó el ensayo, maltrató a sus nuevos compañeros.
–Esta maldita música es tan feliz, y casi se puede bailar como un maldito bolero, que mierda les pasa muchachos, se han vuelto locos, que clase de metaleros son!!!, cuestionó ofuscado ante la falta de dureza del subgénero.

Después de abandonarlos, decidió hacer una breve parada por el Melodic Metal, donde aprendió las versiones pesadas de “Mozart, Beethoven, y todos esos tipos de peluca”. Pero llegó un momento donde la novena sinfonía le empezó a gustar tanto que le dio miedo volverse un músico de “esos que andan por ahí, obedeciendo, con el pelo corto y una conciencia tranquila”. Por eso, en contra de sus deseos, busco alivio en el Grindcore Metal, que lo apaciguó, pero no lo satisfizo del todo, porque “el cantante de Grindcore respira para adentro al mismo tiempo que canta” y esos sonidos “como un maldito chancho en el matadero” lo ponían nervioso. Así que Alex siguió probando en cada oportunidad que tenía. Enchufaba su guitarra en cientos de amplificadores desconocidos con la esperanza invencible de un náufrago virgen. Prendía el distorsionador de su guitarra Fender Stratocaster (azul metálico), como buscando abrir con una llave, el cofre de la felicidad. Pero no estaba dando resultado. La identidad metalera se le escurría por las cuerdas de su viola como “un maldito jabón que tratas de levantar del suelo en pleno diluvio”. Experimentó metales fugaces como el Nu Metal, que viene de Alemania, que es donde “no saben hacer música”, y “gustan de ganar mucho dinero”. O como el Sludge Metal, que aboga por la matanza de aves de corral en los shows, cosa que al fin lo terminó cansando.
–Los malditos pollos son tan rápidos que me cuesta alcanzarlos y pisarlos con los reflectores encandilándome, explica Alex cubriéndose los ojos con las palmas de las manos.
Así que comenzó a buscar estilos mas poderosos, y pasó entonces por el Hardcore Metal, que “es demasiado fuerte, enojado y rápido”. Aunque nos cuenta que el Stoner Metal es aún mas agresivo ya que “usa los amplificadores mas potentes y destructivos de toda la maldita industria musical”. Cuenta que cuando hay un concierto de Stoner Metal, “el suelo tiembla a cien metros de distancia”.
En medio de toda esa búsqueda sin resultado, fue que tuvo un episodio de crisis: tocó para una banda de Christian Metal, que hacen canciones metálicas de alabanza a Jesús. Cuando Alex dijo eso, se le nublaron los ojos de vergüenza.
–Era jóven, necesitaba tanto el maldito dinero… Y agrega después de tomar aire: Fue un maldito momento de debilidad, quién no los tiene?
Ese hecho generó un quiebre hacia lo creativo, por lo que intentó por un tiempo con el Avant Garde Metal, que utiliza elementos de todos los tipos de música, “como si fuera el Jazz del Metal”. Pero no lo sintió en su corazón. Probó luego con el Prog Metal, que introduce elementos de virtuosismo, y melodías progresivas que duran hasta veinte minutos, evolucionan, cambian de forma y sugieren un paseo en “una maldita montaña rusa”. Lo que pasó fue que el máximo exponente del Prog Metal, un tal Joe Satriani, “se volvió un mercenario”. Entonces quedó huérfano de metal una vez mas.



Finalmente, un día, se reunió con sus actuales compañeros de banda. Le dijeron que estaban buscando un cantante de voz penetrante, que a la vez sea guitarrista experimentado, y que a la vez que conozca lo profundo del Metal.
–Yo, yo, y malditamente yo!, les rugió, despeinándolos, al darse cuenta que reunía los tres requisitos.
Ellos querían hacer Death Metal, una música que, cuando está bien hecha, suena como “el maldito Armagedón sobre la maldita tierra, con meteoros cayendo y la voz del profeta del fin del mundo narrando ese maldito apocalipsis todo en un lenguaje gutural”.
–Sabes, uno tiene que estar loco para negarse a semejante expresión artística!! Comentó entusiasmado.
Desde ese momento, se ha convertido en el vocalista de Intemperence, uno de los máximos referentes del Death Metal noruego, que es una música que no podemos poner muy fuerte en el desayuno de la Posada Mandala porque se nos escapan los malditos macacos, asustados.

Alex Thon dejando su mensaje al mundo
–Y qué es lo que les gusta a los Argentinos?, curiosea Alex.
–Depende a quien. A los políticos malditos, por ejemplo, les gusta El Vil Metal, le explico.
Como no comprendió el chiste, se me ocurrió hacerle escuchar folclore, y le canté una zamba del Cuchi Leguizamón con mi guitarra criolla. Le canté la “Zamba de la viuda”.
–De qué se trata?, me preguntó cuando terminé.
–De una mujer fantasma que no le pudo dar sepultura a su finado esposo, entonces anda en el monte como un alma en pena y se aparece subiéndose a las ancas de las bestias tracción a sangre, arañando y asustando a los jinetes, en la hora del crepúsculo-contesté.
–Eso es demasiado, es una maldita brutalidad!, me dijo con una vaga sensación de muerte inminente.
–Claro Alex! El Gaucho Metal no es para cualquier blandito!, finalicé.


Alex y Lorena